NUESTRAS ESPECIES ÚNICAS: ARTESANÍA Y CERÁMICA MIYAYA

Abbastos Especies Únicas 29 de August, 2017

Su producto llama la atención a primera vista. Miyaya es una cerámica artesanal de diseño muy personal, muy artística y delicada, que entra por los ojos y por la sensibilidad. Es una conjunción de diseño y elaboración difícil de hallar en este tipo de producto.

Así lo describe la persona detrás de esta marca, Carla García, que es diseñadora de formación y, desde hace algo más de dos años, ceramista de profesión.

Su cerámica constituye una propuesta que integra diseño, calidad, sostenibilidad y buen gusto. Su primera colección, No Plastic, contiene además una férrea crítica al consumismo desatado y la ingente cantidad de deshechos nocivos que produce.

Ha llegado hasta aquí después de un recorrido por diversos territorios creativos. Tras su formación universitaria en Bellas Artes, quiso dar forma a sus ideas con una diplomatura en arquitectura de interiores. Después se formó en diseño gráfico y fotografía artística. Se embarcó en numerosos proyectos. Fue profesora de dibujo en institutos, fotógrafa para una revista, socia de una editorial, diseñadora freelance… Hasta que un día decidió dejar su piso en Madrid y se fue a la casa que su familia tiene en Torrelodones, junto a la sierra.

Carla viene de una familia con arraigo en el arte, la artesanía y la belleza. Su madre hace escultura artística; una de sus abuelas era ceramista; su tía abuela, María Antonia Dans, fue una pintora gallega con un considerable éxito en los años 50 y 60; una hija de ésta, Rosalía Dans, fue actriz.

Al llegar a su casa de Torrelodones se reencontró con el taller de cerámica, el horno y una tradición familiar que le inspiró. “Hubo un pedido, con mi madre”, explica. Y a partir de ahí, una vez comenzó a tocar el barro con sus manos, a ver cómo se cocía, a lijarlo, esmaltarlo… lo vio claro.

Igual que vio claro el nombre de su marca, aunque lo califique de aleatorio. Estaba atenta, porque buscaba esa palabra, ese vocablo que representara lo que hace. Lo buscaba también mientras tomaba algo en una terraza con unas amigas y una de ellas lo dijo, sin más: “¡ese bolso parece de mi yaya!”. Ya está, lo tengo. Suena a nombre. Engloba la familia, la tradición y hasta suena a japonés.

Según sus palabras, la cerámica es extensa y complicada, un continuo prueba-error. Su madre le había dado nociones, pero resulta muy laborioso fabricar artículos que se puedan usar. Se ha ido formando con libros, yendo a cursos, a sesiones con ceramistas que dan tutoriales. Y sobre todo ha practicado, probado con materiales y texturas, corregido errores hasta dar con la combinación, la temperatura exacta.

Hoy habla con pasión de los diferentes barros, sus colores, sus características, la forma en que se cuecen unos y otros, cómo se modelan, cómo reaccionan a los esmaltes. Habla y habla, con modestia, sin sentar cátedra, como sin querer mostrar su conocimiento, pero dando datos, claves; que la cerámica es más dura por la temperatura de cocción; que el barro negro es precioso pero difícil de esmaltar; que el horno es un mundo y obliga a ser metódica; que en España no se cuida este arte como se hace en otros países, sobre todo en Asia, que se están perdiendo los oficios…

Aunque dice carecer de habilidad para comunicar y vender su producto, lo explica perfectamente con una anécdota. Vendió un vaso de chupito que llevaba impresa la frase “en el último trago nos vamos”. A los pocos días, lo vio en Instagram.

“La persona que lo compró montó un vídeo con la canción de Chabela Vargas, haciendo un zoom a la piececita, y lo subió a Instagram. Y cuando lo vi me emocionó mucho, porque es como una conexión. Yo lo he hecho, lo he modelado, lo he esmaltado, lo he lijado con todo el cariño y de repente una persona lo ha tomado con un cariño parecido, con ese afecto, y ha montado ese vídeo y lo ha subido a Instagram… estas son las interacciones, la conexión que tienen algunas personas y que es lo que buscamos. Hay quien lo valora y quien no, y hay que buscar a la gente que lo valora.”